Tras la pérdida, el duelo.

No se porque, hoy te extraño...

Cuando oímos la palabra “duelo” tendemos a pensar que es proceso que sucede tras la muerte de una persona cercana. Y asi es, pero solo en parte, ya que el proceso de duelo puede desencadenarse ante multitud de pérdidas. Perdidas que forman parte de la vida, incluso  en lo cotidiano, y que suponen  siempre un dolor físico, emocional y/o conductual.

Desde la psicología y la psiquiatría, se ha abordado el duelo y la perdida desde diferentes perspectivas.

El modelo del trabajo del duelo, viene del psicoanálisis.  Sigmund Freud (1919-1957) en su libro “duelo y melancolía” fue el primero en elaborar una teoría de duelo clara y solida. Afirmaba que el sufrimiento de la persona en duelo es debido a su apego interno con la persona fallecida. En este trabajo Freud sostenía también que el objetivo del proceso de duelo es separar esos sentimientos y apegos del “objeto” perdido. Como resultado de este proceso la persona quedaba liberada de sus antiguos apegos y disponible para vincularse de nuevo con otra persona viva.

Posteriormente, John Bowly, con su teoría del apego explica la tendencia de los seres humanos a establecer lazos emocionales con otras personas, y entender el sufrimiento ante la perdida como una forma de comprender las fuertes reacciones emocionales cuando estas se rompen o se sienten amenazadas.  En ella se contradice a otros autores que sostienen que estas relaciones se desarrollan para cubrir necesidades básicas, afirmando que el apego se produce en ausencia de refuerzo de dichas necesidades biológicas, sino que provienen de la necesidad de seguridad y protección que tenemos en edades tempranas.

A partir de estos autores, son otros muchos los que han trabajado e investigado sobre este proceso, estableciendo fases, tareas a realizar, factores que pueden dificultar el proceso, sentimientos o comportamientos asociados, etc.

Es de mi especial interés el trabajo desarrollado por la doctora Elizabeth Kubbler Ross y su modelo presentado por primera vez en 1969. Este se basa en la existencia de 5 etapas en el proceso de duelo: Negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

Inicialmente fue aplicado a personas con enfermedades terminales pero después pudo comprobar que era aplicable a cualquier tipo de perdida (empleo, ingresos, libertad, muerte de un ser querido, divorcio, perdidas de embarazos, inmigración, etc). En dicho modelo estableció que estas etapas no tienen un orden cronológico ni que todas las personas tienen por qué pasar por todas ellas, aunque lo habitual es que por lo menos se pasen por dos de ellas, existiendo el  efecto “montaña rusa”. Es decir, a menudo las personas pasarán por varias de estas etapas, y volverán a hacerlo una o varias veces más antes de finalizar.

¿Por qué es este el modelo que más interesante me resulta? Por un lado porque se entiende el duelo como lo que es, un proceso y no un estado. Muchas personas que están pasando por un proceso de duelo se asustan o desesperan cuando tras cierto tiempo de sufrimiento consiguen recuperar ciertos hábitos o sensación de bienestar para que de repente un día regresen esos sentimientos de malestar.

Esto es debido precisamente a ello, al ser un proceso, que debamos entenderlo como cambiante y no algo rígido que permanece de forma estática en el tiempo. Puede avanzar pero también retroceder, siendo esto algo normal.

Tras las pérdidas hay una serie de tareas que aparejadas a las distintas fases deben llevarse a cabo. La primera de ellas es afrontar la realidad de la pérdida y que eso que se ha perdido ya nunca volverá. Esto lleva tiempo ya que supone una comprensión a nivel emocional, no tanto racional  o intelectual. En este trabajo es habitual que surja por momentos la negación, como forma de protegerse del dolor, pero es importante poder enfrentarse a ella y aceptar la nueva situación para poder continuar con la segunda tarea que consiste en Trabajar las emociones y sensaciones asociadas a ella.  El no hacerlo, y negarse a ello puede suponer que en algún momento posterior sufrirán algún tipo de  “crisis” o un proceso depresivo. En ocasiones se está a tiempo de poder trabajar emociones que se negaron en un momento anterior, pero esto se vuelve más dificultoso ya que muchas de estas han sido enterradas.

La tercera tarea consiste en adaptarse de nuevo al medio en el que lo perdido ya no está. Esto está directamente relacionado con los roles que ocupaba quién ya no estará más. Si se resuelve adecuadamente esta tarea se ajustaran las expectativas de vida  relacionadas con el futuro, ya que de lo contrario se sufrirá una “parálisis” o estancamiento en el proceso vital.

Cuando se consigue todo lo mencionado, la última parte del proceso de duelo consistirá en  recolocar emocionalmente lo perdido y continuar viviendo.  Esto supondrá  volcar la energía emocional hacia lo que se perdió en nuevas relaciones, encontrando un lugar para situar al ausente, sin olvidarlo, pero permitiendo que su ausencia permita continuar disfrutando de la vida. Esta es quizá la tarea más difícil de completar, y existen personas que en ocasiones hacen un pacto consigo mismos de no volver a querer nunca más a nadie como al que perdieron, cuando lo adecuado es conseguir amar a otros sin que esto suponga que al amor hacia el que se fue sea por ello menor.

Y durante todo este proceso, y los sentimientos asociados, surge en la persona o personas que lo transitan la siguiente pregunta: ¿Cuánto durará esto?, ¿Cuándo dejare de sentirme como lo hago para volver a estar bien?. Aunque dependerá del tipo de perdida y de otros factores asociados se suele tratar de un proceso que dura de 6 meses a dos años, pudiendo en ocasiones ser algo mayor.

El escritor y poeta Mario Benedetti afirmó lo siguiente: “Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas que no lloro en su debido momento”.  Me parece una forma clara de ejemplificar en que consiste el duelo, y aunque no solo de trate de llorar, si se trata de sentir. Sentir cuando toca hacerlo ya que de lo contrario esos sentimientos pueden transformarse en otros, sentimientos o comportamientos, mucho más dolorosos y difíciles de gestionar.

Leticia Antequera Marcos,

Psicóloga sanitaria, terapia individual.

Especialista en terapia familiar y de pareja.

 

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