La silla de castigo

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Sí, quiero decir silla de castigo y no silla de pensar o rincón de pensar. Puede parecer un tanto chocante para quienes tienen en mala estima los catigos. Y es precisamente a esas personas a quienes les han dicho que los castigos no son educativos, que son de otra época, y es mejor optar por otras formas menos “agresivas” de educar a un niño o niña. Y actualmente la silla de pensar o el rincón de pensar se ve como una manera de hacer reflexionar a una persona menor con un método inofensivo, moderno y educativo.

Nada más lejos de la realidad. Si nos quitamos de la cabeza todo el bombardeo publicitario que hemos recibido sobre esta técnica y lo valoramos con honestidad y desde una perspectiva infantil y no desde la nuestra, nos daremos cuenta de que la silla de pensar no es más que un castigo muy antiguo con un aspecto moderno. Es un castigo porque uando utilizamos esta técnica le desplazamos, le demostramos nuestro desprecio y le ignoramos  y porque el efecto que crea en la persona es idéntico que el de un castigo clásico: se siente triste, desplazado, no querido, valorado como “malo” y sobre todo desorientado.

Cuando un niño o niña comete un error, independientemente de si es consciente o no de que lo ha cometido, que muchas veces no lo son, lo último que necesita es un castigo. Los castigos son una suerte de venganza que comete la persona adulta hacia la persona menor, y tienen muy poco de educativo. Se basan en “no me gusta lo que has hecho por lo que a cambio recibirás algo que no te gusta”. Ojo por ojo y diente por diente. Lo verdaderamente educativo es permanecer a su lado, comprenderle, escucharle y ofrecerle ayuda, orientación y herramientas para que corrija su error y aprenda a no volverlo a cometer. Y sobre todo es nuestro deber reflexionar sobre si el error que ha cometido tiene algo que ver con algo que no le estamos dando como educadores y si lo que le estamos exigiendo parte de nuestra rigidez y nuestos miedos o de una verdadera necesidad educativa.

Por no hablar de lo inconsecuentes que suelen ser los castigos en general. Para que puedan llegar a tener un mínimo valor educativo, y no digo que lo tengan, el castigo tiene que ser una consecuencia directa del error, y no algo aleatorio. No tiene sentido que haga lo que haga siempre reciba el mismo castigo. Si ha roto un cristal porque estaba jugando a la pelota en la sala, lo consecuente es que se le castigue sin pelota durante dos días, no que se le deje sin postre.

En una sociedad en el que vivimos atemorizados por los castigos y nos motivan con los premios, la motivación de los y las niñas está sujeta al regalo de un viaje a Eurodisney o a una Playstation. Pero eso es otro capítulo.

Lide Treku Urreta,

Psicóloga infantil y de adolescentes.

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Una respuesta a La silla de castigo

  1. Alaia dijo:

    Estoy de acuerdo con el artículo. Creo que muchas veces tratamos de modificar la conducta natural de niñas y niños “por su bien”, cuando en realidad lo que hacemos es encorsetarlos en nuestro mundo de adultas. Ese mundo nuestro normalmente no nos gusta ni a nosotras, pero lo más grave es que además lo hacemos sin conocer las consecuencias para esas niñas y niños en su crecimiento. A veces también veo reproches a niños que tienen más que ver con la imagen social que se desea dar como madre o padre, que realmente con esa niña o niño.
    Y por otra parte creo también que se suele confundir la falta de castigo con la falta de límites. Y lo peor, que hay gente intentando educar sin límites pensando que es lo mejor, y cuando no pueden más sueltan un castigo del tipo que sea. Y luego la culpabilidad, la vuelta al laissez fair, etc. Me parece una tarea compleja y agradezco este tipo de artículos desde lo profesional para reflexionar y aprender entre todas. Eskerrik asko.

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